Ir y hacer

"Ustedes vayan y hagan más discípulos míos en todos los países de la tierra. Bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". (TLA)
Mateo 28:19


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Hay una canción que me gusta mucho, y que desde la primera vez que la escuché, una frase resonó en mi cabeza: "Quiero valer la pena de tu sacrificio".
La gran mayoría, creyentes o no, sabemos de a qué sacrificio se está refiriendo. Pero, ¿qué significa "valer la pena" de éste? ¿Cómo se cumpliría esta premisa?

Últimamente mi mente estuvo sopesando acerca de una pregunta que todos, en algún momento de la vida, nos hacemos: ¿Para qué estoy acá? Existencialismo puro.
Pero mi pregunta, más específica fue y es (son): Una vez que soy salva, ¿qué sigue después? ¿Qué hago con eso? ¿Cómo sigue la vida a partir de esa decisión y hasta que Cristo vuelva? ¿Qué hago durante la espera, cada día que pasa?
Hace unos meses leí un tweet, que su contenido no me dejó tranquila desde entonces. Decía: "Cuando cuidaba mi salvación, no podía compartirla bien". Cuánta verdad.
El gran problema que tiene la humanidad, y del que se desprende todo el resto de los problemas, es el egoísmo. Ponernos a nosotros en primer lugar. Permitir que eso influya en nuestra percepción de las cosas. Y en consecuencia, dejar que determine nuestras acciones y actitud.
Y ahí entendí. Claro. Estaba siendo egoísta.

Ser salvo está bueno. El recibir a Jesús como salvador es una de las mejores decisiones que uno puede tomar, e incluye un montón de promesas y beneficios que nada ni nadie más que Dios podrá cumplir jamás. No se puede explicar cómo cambia la vida de uno a partir de ese momento, porque de verdad hace una diferencia enorme.
Pero, ¿qué gracia tiene? ¿De qué me sirve tener la salvación y disfrutarla cada día sabiendo que todo ese conjunto de promesas y beneficios sigue estando disponible para mí, cuando muchísima gente, más de la que soy capaz de contar, no puede gozar de lo mismo que yo, porque todavía no lo vive? ¿De qué me sirve disfrutar de la salvación, y todo lo que incluye, cuando todavía hay gente que no sabe que puede obtener exactamente lo mismo que yo?

"14 ¿Pero cómo pueden ellos invocarlo para que los salve si no creen en él? ¿Y cómo pueden creer en él si nunca han oído de él? ¿Y cómo pueden oír de él a menos que alguien se lo diga? (NTV)
17 La fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo. (NVI)"
Romanos 10:14-17

Más claro, imposible. Ese es mi propósito. Para eso estoy acá. Eso tengo que hacer durante la espera. ¡Eso tengo que hacer con mi salvación!
Compartirla. Extenderla. Propagarla. Contarle a otros que también pueden tenerla. Que no tienen que hacer nada de otro mundo para adquirirla. Que no tiene fecha de caducidad, sino que dura toda una eternidad.
Porque claro, sería más fácil y lógico que cuando uno recibe la salvación, se vaya al cielo en seguida, porque ¿qué sentido tendría tomarla y tener que quedarse más años hasta disfrutarla literalmente? Espero que se entienda el punto y no se malinterprete.
La respuesta sólo puede ser: es todo al revés.
Justamente obtenemos la salvación para no acaparárnosla. No adueñarnos de ella.
El fin de la salvación es alcanzar a todas las personas posibles. El fin de la salvación es acabar con el egoísmo de uno.
Porque ¿de qué me sirve acumular cosas, conocer personas, obtener logros, desvivirme por cosas pasajeras, si de lo único que voy a disfrutar por la eternidad es la salvación? ¿De qué me sirve haber vivido cada día con ella si al final lo único que va a importar es si yo pude participar en apenas una partecita del inicio de la salvación de otro?
Dios la creó, pienso, por dos motivos:
1- Para asegurarnos toda una eternidad junto a Él.
2- Para poder recibir y experimentar un regalo tan significativo, tan inmenso, tan indescriptible, tan incontenible, que la única manera de disfrutarlo en su máxima expresión, sea transmitirlo.

Mateo 28:19 empieza con dos verbos claves: "ir" y "hacer". Instrucciones claras. Sin rodeos. Dos acciones que nos tendrían que nacer casi de forma automática. Dos acciones que ni siquiera tendríamos que pensar dos veces. Dos acciones que deberían ser naturales en nosotros.

"Y esta es la vida eterna: que te conozcan a tí, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. (RVC)"
Juan 17:3

Mi propósito es claro. Lo que tengo que hacer, indiscutible. Sólo me queda preguntarme: ¿Qué estoy haciendo hoy, que pueda impactar en la eternidad? ¿Estoy yendo? ¿Estoy haciendo? Y más que pensar en respuestas, la única respuesta válida siempre va a ser actuando.
La salvación no vale la pena del mayor sacrificio de toda la historia de la humanidad, si es vacía. Si reposa en una sola persona.
La salvación vale la pena cuando no es protegida con recelo, cuando no se limita, cuando no es retenida.
Y la mía, la que yo obtuve, me hace tan feliz, me llena tanto que ya no me la puedo guardar. Ya no la puedo callar. Ya no la puedo contener. Ya no me deja ser egoísta.
Solo me hace querer ir y hacer.
Contar.
Transmitir.
Compartir.
Activar la salvación de otros a partir de la mía.
Que mi vida entera, intentando eso, valga la pena de Su sacrificio por mí.

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