Fe sostenida

"No voy a dejar que tengas más cargas de lo que puedas soportar. Y cuando ya no puedas más con su peso, te voy a indicar la salida: te voy a guiar hacia mí".
- Paráfrasis de 1 Corintios 10:13


Foto y dibujo de mi autoría. (La mano fue copiada porque la realidad es que no sé dibujar (?))

Me sostenés usando las dos manos. En una tenés todas mis cargas, en la otra me tenes a mí. En la izquierda tenés todo lo que me preocupa, lo que me pone ansiosa, lo que me roba el tiempo, lo que requiere responsabilidad y compromiso de parte mía; todas las cosas que vos permitiste que lleve para que aprenda de qué manera hacerlo. En la derecha tenés todo lo que conlleva a mí: mi alma, mi cuerpo, mi espíritu; mis pensamientos, sentimientos, acciones, actitudes; todos los aspectos que me hacen ser yo, y me distinguen del resto de las personas.
Al principio tus manos sostienen todo junto, a mí y a todas las cosas que cargan conmigo. Esas manos me rodean, como haciendo una casita, conteniéndome, privándome, en la medida que yo te dejo, de todo lo que pase a mi alrededor que pueda afectarme, de todo lo que no aporte a mi crecimiento. Protegiéndome.
Pero llega un momento donde yo, adentro de la casita que forman tus manos, empiezo a luchar con las pocas cosas con las que cargo. Me abruman, succionan mi confianza en Vos, me hacen perder el centro. Y es únicamente cuando esas cosas empiezan a querer robar tu lugar y la paz que Vos me das, cuando decís "basta, ya es suficiente". En ese momento, tus manos dejan de formar una casita, para separarse y transformarse en dos barquitos de carga.
Cuando hacés eso, me sacás todo el peso que tenía encima, me siento aliviada. Y me recordás, una vez más, que Vos te ocupás completamente de mí. En esos momentos encuentro la calma, y me tenés en la palma de tu mano, descansando, porque sé que, de todo lo que está en la otra, Vos tenés el control.
Muchas veces hacés este ejercicio conmigo, porque querés que se me quede grabado de todas las maneras posibles, que estás presente en cada detalle de mi vida, y no hay una sola cosa que se te escape.
Y durante el proceso de aprender a dejarte a cargo de mis cosas, y reposar en tu mano sin presentar resistencia, voy recuperando la paz que me regalaste desde el principio.

Te imagino mirando las palmas de tus manos. Contemplándolas con delicadeza, porque sostienen a tu creación más preciada: yo, tu hija. Mirándome a mí. Contemplando a Tu hijo en mí.
Mientras trabajás en mí y te ocupás de lo que me preocupa, yo sigo creciendo, y todo lo que siento por Vos crece conmigo.
Mi confianza en Vos,
mi amor por Vos,
mi fe en un Amor vivo.
Un amor que es débil por mí y está dispuesto a hacer lo que sea con tal de que yo encuentre la calma.
Un amor que me regala la gracia para que yo pueda vivir en libertad.
Un amor tan fuerte y delicado a la vez. Tan fuerte y público que se manifiesta con poder en mi vida, haciéndolo tangible y visible para los que me rodean; tan delicado e íntimo, que me permiten caer en la palma de tu mano, y se convierte en un secreto entre los dos, otro ingrediente más en esta relación cercana y en constante crecimiento.
Mi lugar favorito son esas manos, porque me sostienen, me acarician con ternura, me protegen. Porque me crearon primero. Porque son mi salida y mi lugar de retorno. Porque ahí descanso y experimento la verdadera paz.
Porque son ellas mi hogar, y el centro de acción de tu amor por mí.

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