Nueva lectura



Ella leía para olvidar. Leía para perderse.

Se refugiaba en la lectura para no enfrentar sus problemas. Se sumergía en realidades ficticias para evadir la suya. A lo largo de sus jóvenes años, lo único que la llenaba era estar vacía, porque sabía que era la única manera de tomar la forma de otro. Encontraba paz en el mundo de otros, se sentía segura dentro de historias ajenas, encontraba su valor desde el punto de vista de sus protagonistas.
Envidiaba cómo éstos siempre al final encontraban una solución. Deseaba con su ser que su historia tenga apenas una pizca de esas sorpresas. De esos finales felices.

Con el tiempo aprendió (o eso era lo que creía) que tenía que conformarse con su vida. Aceptó que nunca experimentaría historias tan impactantes como las que leía. Entendió que no eran reales, sino inalcanzables. Que por mucho que lo intentara, sus esfuerzos eran inútiles, porque nunca lograría replicar esas historias o vivir su propia versión de ellas.
Entonces descubrió una alternativa que con el tiempo sería potencialmente peligrosa: su mente.
Empezó a crear historias. A imaginar diálogos y escenarios que nunca ocurrirían. A reinventarse.
Al principio funcionaba, porque todo era ideal. Todo estaba en su sitio. Todo estaba bajo control. Todo encajaba.
Hasta que su mente comenzó a apropiarse de ella, su personalidad, y todas sus realidades creadas empezaron a jugarle en su contra. Sus pensamientos pasaban por ese filtro. Sus reacciones se establecían sobre parámetros duplicados. Todo lo que hacía era un reflejo de su falta de originalidad. Todas eran repeticiones mecánicas de otras realidades. Las historias sobre las que leía se convirtieron en su identidad, en su esencia.
Y ahí sí se perdió.
Ya no intencionalmente, sino porque era inevitable que ocurriera. Ya no quedaba un gramo de lo que alguna vez ella fue. Parecía no haber vuelta atrás.
Y dejó de leer.
Dejó de leer porque no le interesaba seguir historias que, sabía, no iban a ocurrirle nunca. Dejó de leer porque no le simpatizaba adentrarse en un mundo que luego de unas páginas dejaría. Dejó de leer porque ya no tenía ánimos de sentirse otra persona. Dejó de leer porque perdió toda ilusión de que algún día, quizás un día, podría pasar algo así de asombroso con ella. Dejó de leer porque perdió la esperanza. Dejó de leer porque ya nada tenía sentido.

Después de un tiempo, volvió a hacerlo. Pero no tomó los típicos libros que antes solía devorar en sólo horas. Esta vez quiso probar con algo nuevo.
El libro que ahora tenía en sus manos, lo había leído en su niñez, y en algunos momentos de su adolescencia. Lo había estudiado, a veces recitado en voz alta. Pero su contenido no le interesaba tanto, porque también, mientras leía los demás libros, le parecía una realidad inalcanzable.
Al tomar ese libro, casi a propósito, vinieron a su mente recuerdos de ella misma, en momentos específicos de mucha tristeza y frustración, en los que ciertas frases de éste la animaron. Se acordó de oraciones que la marcaron en distintas etapas de su vida. Y no sólo eso, sino que revivió en su recuerdo cada contexto, cada momento en que otras personas se las dijeron, y esta vez pudo relacionarlos con cada pasaje de este libro que la había tocado. 
Y lloró. Lloró porque creía que había enterrado esos momentos en el olvido. Lloró porque no se imaginaba que un libro tuviera el poder de sacarlos a la luz y darles sentido. Lloró porque finalmente entendió.

A partir de ese día le dio una segunda (o trigésima) oportunidad. Comenzó a leer nuevamente un fragmento por día. Releyó las frases y oraciones que la marcaron, y se permitió encontrarles nuevos sentidos. Empezó a conocer verdades que antes no sabía, y a reconocer mentiras que estuvieron disfrazadas y presentes en su vida por mucho tiempo.
El libro la ayudaba, consolaba, enseñaba, confrontaba y guiaba, mejor que cualquier libro de autoayuda o ficción, e incluso mejor que cualquier persona que conocía. Cada vez que lo leía recobraba fuerzas, aprendía cosas, corregía otras. Cada vez que lo leía experimentaba nuevas emociones. Cada vez que lo leía, se sentía viva.
Y se dio cuenta de que en realidad el libro estaba vivo.


Pasó el tiempo, y ahora ese libro es su favorito.
En él encuentra soluciones. En él encuentra respuestas. En él encuentra sabiduría. En él encuentra amor.
Ahora ese libro es su apoyo para tomar decisiones.
Ese libro es su manual de instrucciones para vivir en libertad, pero la verdadera libertad.
Ese libro le revela su identidad, y constantemente se la recuerda.
Ese libro la impulsa para alcanzar sus sueños, y la incentiva a ayudar a otros a cumplir los suyos.
Ese libro la hace crecer. Con una rapidez y eficacia que no son usuales.
Ese libro la ayuda a amar. A los demás, y sobre todo a ella misma.

Pasó mucho tiempo desde la última vez que leyó un libro de ficción. Desde la última vez que vivió una realidad ajena. Desde la última vez que se perdió por completo.
Se dio cuenta de que ese libro es mejor que todos los libros juntos que leyó durante toda su vida. Entendió por qué antes no le llamaba la atención, y era porque la riqueza estaba en resignificarlo con su propia vida.
Ya no necesita sumergirse en realidades ajenas, la suya le encanta así como es, y sabe que todo lo que le sucede siempre va a ser para bien. Ya no imagina escenarios ni diálogos, ya no planea todo en su mente, porque sabe que existe Alguien que tiene unos planes mejores, mucho más de los que ella podría imaginar. 
Ahora ama leer. Ama leer verdad. Ama el hecho de que a medida que se adentra en éste, se va acercando cada vez más a su autor, y entendiendo cuál es su relación con ella. Y el resultado de eso, es que descubre su identidad. Finalmente le encuentra sentido a su vida.

Ahora ella lee para recordar. Lee para encontrarse.
Ella soy yo. Y ese libro es la Biblia.

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