"Tu palabra es vida para mi alma
Enseña a mi alma a siempre escuchar".
Foto de mi autoría
En mis años de adolescente, recuerdo que muchas veces me ponía mis auriculares, seleccionaba una lista de canciones y las escuchaba a todo lo que daba el volumen de mi, en ese tiempo, mp4.
Entonces cerraba mis ojos y me concentraba en ellas. Con eso lograba enviar un mensaje a mi entorno que avisaba "no me hablen", bloquear de alguna manera cualquier voz cercana que quisiera decirme algo. Todo lo que buscaba era simplemente evadir la realidad.
Hoy reflexionaba en esa situación, y de alguna manera no me fue difícil relacionarla y trasladarla al contexto espiritual.
En reiteradas ocasiones solemos leer o escuchar -incluso decir- frases como "Dios está en silencio", "Dios no me quiere hablar". Y admito, muchas veces yo misma compartí esa frustración.
Pero, como es de esperarse, se trata de un argumento meramente falaz; el ser humano siempre tiende a inclinar la balanza a su favor.
Dios está hablándonos todo el tiempo, permanentemente. Somos nosotros los que no escuchamos.
Y en medio de esa reflexión, llegué a las siguientes conclusiones:
Quizá solo estemos usando auriculares espirituales.
Quizá la música que estamos escuchando no es la correcta.
Quizás el volumen está siendo demasiado alto como para poder escuchar cualquier otro estímulo exterior.
Quizá sea así porque en el fondo, muy en el fondo, sabemos lo que Dios nos va a decir y no queremos enfrentarlo.
Quizá lo único que queremos es evitar Su realidad, y buscamos bloquearla por un tiempo, siendo conscientes de que ésta siempre es mejor que la nuestra.
Reconozco que en este último tiempo, hubo días en los que preferí usar esos auriculares. Funcionaron, sí. Lograron distraerme, sí. Por un tiempo me concedieron lo que quería.
Pero acepto, y créanme, va a sonar raro, pero cómo me gusta chocar con esta realidad: cuando el volumen ha permanecido alto durante un tiempo, llega un momento en el que reacciono. Su voz amorosa, con sólo un susurro, logra que yo quiera sacarme esos auriculares y responderle "Perdón, no podía escucharte. ¿Qué me estabas diciendo? Ahora sí quiero".
Porque aún no logro comprender el cómo, pero siempre logra convencerme, y no solo eso, sino que permite que yo misma compruebe una vez más que Su voz es lo único que quiero y necesito escuchar por la eternidad.
Y quizás algún día -de hecho sé que así va a ser- me despierte queriendo ignorar Su voz y escuchar lo que yo quiero. Sé que habrán días en que simplemente voy a querer cambiar de sintonía por un rato. Sé que habrán días en que simplemente voy a querer bloquear Su voz porque en ese momento no quiera escuchar lo que tenga que decirme. Es inevitable que así suceda.
Pero volverá. Esa es mi seguridad en medio de mis momentos de egoísmo.
Su voz siempre reaparece en escena. Vuelve a buscarme. Siempre con un susurro que embelesa mis oídos y me atrae nuevamente hacia Él. Siempre dejando el eco de Su amor.
Tendremos que cambiar de estación, bajar el volumen o sacarnos los auriculares. Quizá todas juntas.
Tendremos que, como con cualquier composición magistral, saber apreciarla. Quizá tengamos que aprender cómo hacerlo.
Tendremos que estar atentos, y en el momento en que sintamos la alarma, prestar atención a Su voz que nos devuelve y guía por el camino correcto. Quizá sólo tengamos que escuchar Su melodía las veces que nos sea necesario para que, en el momento en que nos veamos perdidos, podamos reconocerla y reaccionar rápidamente a su estímulo.
Porque al fin y al cabo, Su amor siempre va a ser la canción que suene más fuerte.
Esa canción que nos hace bien, esa canción que, no importa cuántas veces la hemos escuchado, volvemos a ella porque su letra es verdad. Escucharla y hacerla nuestra nos trae libertad.
Fuimos creados para tal descubrimiento continuo.
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