La verdadera expresión de quiénes somos

La verdadera manifestación de los hijos de Dios depende de ellos mismos.

Foto de mi autoría

Creo que Romanos 12 definitivamente entraría, si lo tuviera, en mi “top 5” de capítulos favoritos de la Biblia.
Éste, fácilmente podría ser considerado como el manual de vida de un cristiano, porque resume y a la vez expone detalladamente los factores que hacen de nuestra vida un “sacrificio vivo, santo y agradable a Dios” (v1) y que a la vez constituyen la prueba ante el mundo de que somos sus hijos.
Antes de mencionarlos, Pablo nos da una pequeña introducción, y a la vez nos presenta la estrategia para alcanzarlos:
No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios buena, agradable y perfecta”.
- Romanos 12:2 (NVI).
Sin dudas, este tan famoso versículo tiene dos joyitas: una promesa y una clave. La promesa es que la voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, y que nosotros podemos conocerla. La clave es que para lograrlo, tenemos que cumplir con la primera parte. Y eso depende enteramente de nosotros.
Quiero deconstruir esa primera parte, definiendo las tres palabras que para mí son conceptos clave:
Amoldarse: acomodarse o ajustarse a un lugar o situación distintos de los habituales.
Transformarse: cambiar (alguien) de forma, aspecto, estado de ánimo, etc.
- cambio personal, evolución interior que pasa por dejar atrás algunas costumbres para asumir otras nuevas.
Renovación: acción y resultado de adquirir una persona o una cosa un aspecto que la haga parecer nueva.
- restablecimiento o reanudación de una cosa que se había interrumpido.
Lleno del Espíritu Santo, quien lo inspiró a escribir esa carta, Pablo nos ordena una cosa: "no se amolden al mundo actual". En otras versiones dice “no se conformen a este siglo” (RVR), “ya no vivan como vive todo el mundo” (TLA), “no imiten las conductas ni las costumbres de este mundo” (NTV). Nos pide no conformarnos, no copiar, no seguir la corriente, no hacer las cosas porque los demás las hacen, no tratar de encajar. Amoldarse, como dice la definición, es acomodarse, adaptarse o ajustarse al resto.
Y yo creo que, más que una orden, también es un llamado de atención. Amoldarse, seguir la corriente, es perder la identidad. Cuando seguimos patrones, adquirimos conductas y actitudes, y actuamos con el único objetivo de encajar, perdemos nuestra esencia. Copiando a otros perdemos nuestra verdadera forma, alteramos el orden inicial, distorsionamos el diseño original, tergiversamos nuestra personalidad.
Cuando nos amoldamos al resto, perdemos lo único que nos diferencia a ellos: la imagen de Cristo en nosotros.
Para evitar amoldarnos, tenemos que “ser transformados mediante la renovación de nuestra mente” (NVI),cambiar de manera de ser y de pensar” (TLA), “dejar que Dios nos transforme en personas nuevas al cambiarnos la forma de pensar” (NTV).
Inevitablemente, mientras más estamos en el “mundo”, vamos perdiendo nuestra forma original y adoptando otras nuevas que nos son ajenas. Somos seres influenciables por naturaleza. Cuando pasamos tiempo junto a otras personas, inconscientemente “se nos pegan” sus formas. Formas de actuar, de hablar, de expresiones, pensamientos, entre otras.
Por eso es tan importante elegir correctamente a las personas que nos rodean. Involuntariamente vamos a adquirir algo de ellos. Mi pregunta, aplicable también a todos es, ¿qué cosas ajenas a mí estoy adoptando como mías?, ¿me estoy dejando influenciar?, ¿quiénes son las personas que estoy dejando que lo hagan?

Me gustó mucho la segunda definición de ‘renovación’: “restablecimiento o reanudación de una cosa que se había interrumpido”. Cuando nos amoldamos a cosas que no son nuestras, interrumpimos nuestro verdadero desarrollo, crecimiento y descubrimiento de quiénes somos realmente.
Y no hay nada peor que no saber con claridad quiénes somos.
Dios quiere restablecer nuestro sistema operativo hackeado por códigos destructivos. Renovar nuestra identidad con los datos verdaderos.
Pero no hay renovación sin transformación. Y no hay transformación si no hay alguien que la lleve a cabo. La única persona capaz y capacitada para transformar es el Espíritu Santo.
Somos transformados y renovados por el Espíritu Santo.
Cambiamos nuestra manera de ser y de pensar gracias al trabajo del Espíritu Santo en nosotros. Recuperamos nuestra verdadera identidad mediante la obra del Espíritu Santo en nuestra vida.
Pero su obra es proporcional a nosotros mismos; depende de cuánto lo dejamos actuar. El Espíritu nos va a transformar en la medida que lo dejemos.
Mis preguntas con respecto a esto son, ¿estoy dejando que el Espíritu Santo me transforme?, ¿en qué medida lo dejo actuar en mí?, ¿estoy realmente entregando todas mis áreas para ser transformadas?.

El versículo 9 es más específico en cuanto a cómo esa transformación y renovación se reflejan en nosotros y se hacen perceptibles frente al resto. Obviamente, también esto depende de nosotros. Es una decisión tenemos que tomar de manera continua.
Pablo hace una lista detallada de cuáles son las conductas y actitudes que como hijos de Dios debemos tener (v9-21). Las expone a modo de ordenanza, porque así es como a Dios le agrada que vivamos, pero a la vez las presenta y muestra como atributos, características dignas de poseer. Porque definitivamente no hay mayor placer que el se obtiene cuando se las ejercita constantemente. Y es que cuando uno es y se deja ser transformado por el Espíritu Santo, las intenciones y motivaciones propias cambian. Ya no nos esforzamos por “cumplir con mandatos”, ya no actuamos por temor únicamente. Nos movemos para agradar al que nos creó y conoce a la perfección. Nos movemos meramente por amor a Él.
Se nos hace más fácil alcanzar estas cosas, porque nuestra percepción de la realidad ha sido renovada, porque se nos ha sido revelada el propósito de Dios, que es alcanzar a toda la humanidad, y la forma de hacerlo, que es a través de nosotros mismos.
Cuando leía este capítulo a la mañana, una de mis notas decía “lo que Dios y el mundo esperan de nosotros” (refiriéndome a esas conductas y actitudes descritos en el pasaje).
Dios las espera porque le agrada, lo alegra, le complace ver que sus hijos le expresan su amor de esa forma.
Pero el mundo las necesita porque
la creación espera impaciente la manifestación de los hijos de Dios”.
Romanos 8:19
El mundo necesita ver acciones que ya no son usuales, necesita ver otras realidades para cambiar la suya, necesita conocer el verdadero amor. Pero no puede conocerlo si primero no se lo muestran (Romanos 10:14-15).
¿Estoy ejercitando estas conductas y actitudes?, ¿puede el mundo percibir la transformación que el Espíritu Santo hizo y sigue haciendo en mí?

La verdadera manifestación de los hijos de Dios es la coherencia en nuestro estilo de vida. Es respaldar con acciones lo que decimos, es predicar sin hablar. Es reflejar de forma directa una relación que se construye continua y progresivamente desde la intimidad. Es demostrar mediante actitudes y conducta el amor que decimos conocer.
La verdadera manifestación es no amoldarnos; es mostrarle al mundo algo nuevo, algo distinto, algo que choca con lo común y corriente, algo que rompe con toda costumbre y estructura, algo que se aleja de todo lo impuesto, algo que gracias a la transformación es capaz de seguir transformando.
La verdadera manifestación de sus hijos es “Cristo en nosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).
La verdadera manifestación de sus hijos es su Hijo mismo, expresado en todas estas acciones.
La verdadera manifestación es actuar para mostrar; mostrar para dar a conocer; dar a conocer para acercar; acercar para transformar; transformar para manifestar; manifestar para ser libres.
Libres de la necesidad de amoldarse, libres de querer seguir la corriente, libres de adquirir patrones ajenos, libres de tratar de encajar, libres para ser quienes realmente somos y fuimos creados para ser: transformados para descubrir nuestra identidad verdadera, llamados a impulsar a otros a encontrar y vivir la misma libertad.

0 comentarios: